Afleveringen

  • Les hago una pregunta: … ¿Les gustan las tiras cómicas? A mí me gustan algunas; algunas extranjeras y otras locales… La verdad es que hay algunos historietistas argentinos que hacen muy buenos trabajos. Uno de ellos es el dibujante Ricardo Liniers Siri; el seudónimo que utiliza para sus obras es Liniers, haciendo honor a su tatarabuelo que fue el virrey del Río de la Plata entre 1807 y 1809, Santiago de Liniers. El hace, entre otras, la historieta de una niña que se llama Enriqueta y a esta niña le gusta mucho leer. No es necesariamente una tira de humor, hay humor, sí, y también hay reflexión... aunque pareciera que sí, no todas las historietas cuentan con esas dos características.  Buscando imágenes para un asunto trivial, me encontré con una tira de Enriqueta que consta de solo dos viñetas.  En un cuadro ella está junto a su gato y ambos miran el horizonte. Entonces la muchachita lectora pregunta: “¿Qué traerá el año que viene”? Sigue la secuencia y en el otro cuadro su gatito le responde: “365 oportunidades”.

    Me encanta. ¡Con cuánta frescura se lee el futuro a través de esta historieta! Provoca esperanza. En sí, la palabra oportunidad la provoca. Me resulta muy movilizante esta palabra. Oportunidad…  ¿No les parece que es como… un regalo? Sí, creo que las oportunidades son eso: un regalo, pero no cualquier regalo, sino de esos que se puede elegir. Porque si bien están echadas las cartas alrededor y allí no podemos meter mano, simplemente las cosas y los contextos que rodean a las oportunidades son como son, la última palabra en definitiva es nuestra. Estrenamos la ocasión y la gestión como cuando se estrena el día que nace ante nuestro soplo de vida que sigue flameando una vez más. Justamente, la oportunidad deviene en ese nacimiento que experimentamos al iniciar cada mañana. Las oportunidades son vivencias que viajan desde el mundo de la posibilidad infinita a fin de materializarse en nuestro mundo diario.

  • Hace unas reflexiones atrás estuvimos pensando juntos sobre las obras de un artista llamado Vincent Val. ¿Lo recuerdan? Hoy quisiera volver a ahondar con ustedes sobre el tema del arte. Es que, ¿vieron?, el arte nos atraviesa, es ese lente por el cual podemos, justamente, crear la vida y, por lo tanto, se torna imprescindible para todos en cualquiera de sus formas.

    Hace ya bastante tiempo, tuve la oportunidad de visitar una exposición de la artista plástica argentina Marta Minujin. Ella es conocida sobre todo por producciones vanguardistas generadoras de fuerte provocación. En fin, el relato se sitúa en Capital, en una galería de arte cuyo nombre no recuerdo. De lo que sí tengo reminiscencia, es del recorrido que tuve que hacer alrededor de la obra principal. En la entrada, los visitantes teníamos que ponernos una túnica blanca; la misma, nos la facilitaban los acomodadores al ingresar; sin túnica blanca no había recorrido. Así fue que ingresé y me sumergí en la experiencia artística propuesta. No tardé en darme cuenta, que, al seguir el curso indicado, al estar vestida con la túnica y al mirar la obra en cuestión, yo, (al igual que todos los concurrentes, claro está, y perdonen que me cité primero…) era parte de la exposición. Todos los que allí estábamos completábamos la obra. Sin nosotros, la escultura y su representación estaban incompletas. ¡Qué riesgo!, pensé… Minujin tendría plena confianza en que la gente iría a ver su presentación, de lo contrario no sé si le hubiera gustado exhibir una obra sin terminar…

  • Zijn er afleveringen die ontbreken?

    Klik hier om de feed te vernieuwen.

  • ¿Conocen las obras de Vincent Val? Es un gran artista; cineasta e ilustrador, nacido en los 70 en Bélgica. Para sus obras usa lápices, tinta y… sobre todo… sombras. Lo característico de su trabajo es que sin sombra el dibujo está incompleto. De hecho, la sombra define al dibujo. Me gusta mucho el del piano, es una de las obras más populares titulada “Concerto for Piano Peeler”, y efectivamente el objeto que le permite completar la ilustración es un colador, o si quieren, la sombra del colador.

    Este arte que nace de las sombras proyectadas por los objetos me traslada a pensar en el pasado, en el pasado y en el presente. El pasado sería la sombra, el presente, la luz. La oscuridad manifestando los días que se fueron, y la luminosidad representando al día como quién evoca un nuevo amanecer de infinitas oportunidades.

    Val define sus obras como “la realidad y fantasía coexistiendo en una misma imagen”. Me gustaría con el permiso de la audiencia parafrasear al artista, y hablar de “el pasado y el presente coexistiendo en una misma vida”. ¿Qué tal? ¿Qué les parece? Esta simple paráfrasis me ayuda a compartirles lo que creo del pasado. Como ya cargo unos cuántos días en mi DNI, tengo bastante pasado del que puedo hablar.

  • ¿Se les rompió algo alguna vez? Debo confesar que a mí sí. Pero no siempre sufrí de la misma manera. Es decir, cada vez que se me rompía algo que tenía poco valor, no era problema reponerme. Si podía lo reemplazaba por otro objeto, y si no, simplemente continuaba con mi vida sin extrañarlo demasiado. Pero cuando lo que estaba roto significaba mucho, las emociones eran otras. Seguía adelante como podía, pero con lágrimas sin secar en el rostro y en el corazón. Porque esas eran cosas (si es que la palabra puede hacerle honor a lo que nos importa), que no tenían reemplazo posible.

    Recuerdo una situación en la que la guitarra que colgaba de mis hombros se zafó de la correa y con un golpe que duele evocar en la memoria cayó al suelo. Uf… me puse a llorar… me embargaba un temor innombrable de que ese sonido que tanto amaba se viera arruinado por un simple recorte de cuero que no supo quedarse en su lugar.

    Pero… consiente del anacronismo de las vivencias que les comparto, quiero contarles otra experiencia más antigua que me trajo más dolor que el de aquél mástil que necesitó reparación.

  • Hola. ¿Cómo están?

    Déjenme hacerles una pregunta: ¿crecieron como yo andando en bici libremente por la calle? Me visita la nostalgia al recordarme por las calles de mi barrio intentado zafar de los pozos sin interrumpir mi peregrinaje infantil en dos ruedas. Aprendí a andar en bici de la mano de mi papá en un verano caluroso en la costa. Todavía recuerdo el vértigo que sentía cada vez que era lanzada por la larga vereda cercana al mar. Los zigzagueos se hacían notar sin reparo hasta que de pronto, y a pesar de mi descreimiento, el equilibrio se hizo presente y así sin más, aprendí a bicicletear.

    Esa bici veraniega no era mía, se la había prestado a mi viejo el dueño de la casa que habíamos alquilado para nuestras vacaciones; en esa acogedora casa mi papá había encontrado el recurso para que yo pudiera aprender, cosa que, a decir verdad, yo deseaba hacía tiempo ya y él también. Llegué a tener mi primera y única bicicleta a mis 11 años. Vieja, usada, pero absolutamente mía. Mi bici era bordó y me hacía sentir segura y…, como lo mencionábamos al principio…, libre.

  • Hoy quiero hacerles una pregunta, les gusta el cine?, a mi me apasiona. Tengo mis preferencias, aunque con el tiempo aprendí a ver y a apreciar distintos tipos de películas, una, viene a mi mente en este instante, no tanto por su argumento, sino por su título: “La delgada línea roja”.

    Una película de genero bélico de los años ’90. Me pregunto cuanto habrá tardado el director para ponerle ese título. 

    “La línea roja” hace referencia a un punto en el cual al cruzarlo ya no hay retorno, al cruzar ese punto, ya no hay garantía de seguridad, ahora piensen, además, que pasa si esa línea, es tan delgada…

  • ¿Les pasó alguna vez estar en un lugar, pero al mismo tiempo, casi sin quererlo, estar “ausentes”? ¿Estar interactuando con los otros, con carita feliz o no tanto, pero sin estar ahí?

    A mí me sucedió no pocas veces. Vi a mi cuerpo en más de una ocasión haciendo fuerza para que yo estuviese allí por entero, y sin embargo toda mi cabeza estar tan lejos como un abismo lo está de otro.

    Eso me hace pensar en qué situaciones se puede no estar presente y qué situaciones requieren sí o sí nuestra presencia.  En un principio parece fácil identificarlas, pero el conflicto surge cuando no se trata de reuniones, sino, que se trata de nuestra vida misma. Sinceramente lo digo, y sin vergüenza, yo quiero desesperadamente estar presente en toda mi vida, no quiero ausentarme nunca.