Afleveringen
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Una vida que busca siempre el confort y huye del sufrimiento no atina con la dirección correcta. “El sufrimiento es el mediador insustituible y el autor de los bienes indispensables para la salvación del mundo” (San Juan Pablo II). Invitación a amar al Crucificado, a identificar cada uno de nuestros dolores con los suyos en la Pasión.
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¿Por qué, si santa Teresita nunca salió de su convento, fue nombrada Patrona de las Misiones? Porque la Iglesia tiene clara conciencia de formar un cuerpo. Nadie actúa solo, y todos nos apoyamos para la consolidación de ese Cuerpo. Verdad tonificante: me apropio de los méritos acumulados a lo largo de los siglos. La Comunión de los Santos es el fundamento de la doctrina sobre las indulgencias.
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Zijn er afleveringen die ontbreken?
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La ciencia más alta: conocer a Jesucristo. Aprendamos también de sus actitudes, una de ellas, la de dirigirse hacia la Cruz. No nos extrañemos que la cruz esté también presente en nuestras vidas. Uniéndonos a Jesús es Él quien la acaba llevando: Él no ha venido a eliminar el sufrimiento, ni a explicarlo: “ha venido a llenarlo con su presencia”.
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En la Misa de hoy nos pondremos de rodillas al confesar, en el Credo, nuestra fe en la Encarnación del Verbo. Acontecimiento que pasó in oculto, conocido tan solo por María santísima y que tuvo las mayores repercusiones en la historia. Una de ellas, que el Verbo vive con nosotros, aunque no lo veamos físicamente. Riesgo del deísmo, del Dios lejano.
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Cada ángel es persona y cada ángel agota en sí la especie. En san Gabriel encontramos al mensajero de Dios. Nosotros podemos hacer también traer el mensaje divino fundamental: que el Verbo se ha hecho hombre, trayéndonos la salvación. Gabriel está delante de Dios y por eso es capaz de hablar de lo que Dios desea. Nosotros, como él, estamos invitados a permanecer delante de Dios para traer a los hombres los mensajes divinos.
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¿Hemos hecho la prueba? Ante alguna situación dolorosa o de fatiga o de humillaciones, ¿meditamos la Pasión de Cristo asociándonos a ella? De hacerlo, comprobaremos cuánto nos conforta. Redimensiona nuestras penas y descubrimos más fácilmente el amor en el dolor. Contemplar el Via Crucis los viernes.
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¿Por qué una oración tan sencilla produce “frutos de santidad” (carta Rosarium Virginis Mariae)? Porque, bien rezado, nos lleva al mundo de María, a la asimilación de su corazón al nuestro. Contemplar los misterios desde el corazón de María irá permitiéndonos la identidad de corazones. “Poned atención: un corazón solitario no es un corazón” (A. Machado). Y, al tener en el nuestro el corazón de María, se nos concederán grandes gracias de santidad.
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“Como mi Padre amo, así los he amado yo. Permanezcan en mi amor”. Detenernos una vez más en esa revelación prodigiosa. Si la hiciéramos nuestra, ¿qué nos turbaría? En mí, se vuelca un amor eterno e infinito. Todos los amores de la tierra, con todos sus matices, están en Jesús. La mayor muestra de amor de Dios es la Encarnación del Verbo. Dios toma lo nuestro para hacerlo suyo. Intentemos que estas verdades nos asombren e ilusionen.
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Es Jesús quien nos ha dado a conocer al Padre. Desde esa revelación, sabemos cómo es el Padre y cómo debemos comportarnos con Él. ¿Aprovechamos esta revelación para nuestra vida espiritual? ¿Hacemos oración filial, oración de confianza de un niño a su padre que lo ama muchísimo? O, por el contrario, ¿se nos olvida que somos hijos del Padre y caemos en temores y desenfoques?
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En la solemnidad del Santo Patriarca, admiramos su incondicional entrega al proyecto de Dios, al margen de sus intereses y su realización. En el proyecto de amor creativo nos desplegamos a alturas insospechadas. No sólo haciendo lo que Dios quiere, sino además queriendo lo que Dios hace.
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Jesús nos invita a pedir, y lo único que nos dice para que recibamos es que se lo pidamos. Pero, ¿por qué no me da sin que le pida? ¿Y por qué a veces no me da lo que le pido? No es que nosotros cambiemos los designios de Dios con nuestra oración, sino es que su Providencia había previsto concedernos aquello gracias a nuestra oración.
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¡Qué fácil es perder el sentido último de cuanto hacemos! Cada día habríamos de tener esa idea fundamental: en este día debo crecer en el amor. El primer mandamiento de la ley de Dios es absoluto, sin subterfugios. Es el amor el que le da sentido a cada uno de mis actos: cuidar, por tanto, los enemigos que causan el olvido: la inconsideración, el egoísmo…
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Los misterios de luz del Santo Rosario nos iluminan. El 4º, la Transfiguración, es el “icono de la contemplación cristiana”, en frase de san Juan Pablo II. Subir a un monte alto, ascender sobre la horizontalidad de la materia, dejar abajo lo terreno y fijar los ojos en el Rostro de Cristo, para descubrir su misterio. Ese acto de fe nos conduce al amor del Señor, única razón de nuestra vida.
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El patriarca Jacob luchó la noche entera con un desconocido. Jacob le dijo al término del combate: “No te soltaré hasta que me bendigas”. También la oración es un combate, en el que vamos a encararnos con Jesús, en la noche de la fe y del recogimiento. No cejaremos hasta que nos bendiga, es decir, hasta que nos otorgue la contemplación de su rostro.
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No consiste la santidad en coleccionar virtudes, ni siquiera en una imitación de Jesús. Es mucho más: una verdadera y propia transformación en Él, viviendo de la vida suya, vida que Él mismo nos comunica. Profundicemos en la grandeza del proyecto de Dios, ilusionándonos con la transformación ontológica y psicológica en el Señor, centrándonos en la Eucaristía.
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El padre dominico Reginaldo Garrigou-Lagrange habla de cuatro escenarios en la vida de quienes han buscado seguir de cerca a Jesús: los contemplativos, los ascéticos, los tibios y los malos. Advierte que la mera ascética no es el fin, y que todos hemos de tender al modo de orar donde Cristo -y no nuestra lucha-, sea el protagonista.
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Exactamente en el momento de la fracción del Pan, los de Emaús reconocen al Señor. No al ver su rostro ni al oír su voz. Hagamos nosotros igual: el misterio de humildad infinita de la Sagrada Eucaristía ha de ser un tema constante de nuestra reflexión. Porque nunca accederemos a tocar su profundidad.
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Ante la mirada de Dios, toda falsedad se deshace, quemándose como paja seca. Ubicarse en la verdad a través de la oración de escucha y el examen de conciencia, entendido como un diálogo lleno de confianza con Jesús o con María. Entonces nuestro juicio particular será un momento de gozo.
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Los salmos son una escuela de oración: nos enseñan a desagraviar, a alabar, a pedir y también a agradecer. Los motivos de nuestra gratitud se multiplican con el Dios encarnado que vino a salvarnos. Es, pues, deber de la criatura para con su Creador manifestar gratitud. Todo es don: agradecer a Dios todo, también lo que contraría.
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¿Dónde tuvo el pueblo elegido los más profundos encuentros con Dios? En el desierto. ¿Y dónde busca Jesús la intensidad de comunicación con su Padre? En el desierto. Busquemos también nosotros encuentros en nuestro corazón, tomándonos en serio la enseñanza de Jesús que dice que Él y su Padre habitarán en nosotros. Tarea ardua, pues estamos acostumbrados a vivir desparramados. “Forzarnos a estar con Él”, decía Teresa.
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