Afleveringen
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Para el reconocido politólogo Adam Przeworski, la democracia es el sistema en el que los partidos pueden perder elecciones. La frase parece obvia, pero encierra su exigencia más difícil: aceptar la posibilidad de la derrota yrespetar el resultado aun cuando se pierde por muy poco.
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El voto no puede defenderse solo cuando favorece a quien uno prefiere. La democracia se prueba cuando el resultado incomoda. Si se cuestiona el sufragio de los peruanos en el exterior porque inclina una elección, mañana se podrá cuestionar el de una región, una clase social, una edad o unacomunidad. El sufragio universal no es una concesión revocable según el resultado, sino un derecho adquirido y una conquista democrática. Defenderlo no significa apoyar a Keiko Fujimori ni a Roberto Sánchez. Significa defender laregla que permite que todos, dentro o fuera del territorio, sigan siendo parte del Perú.
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Zijn er afleveringen die ontbreken?
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Nuevamente, no sabemos quién presidirá el país. La incertidumbre se repite y la tensión crece. Es la tercera elección presidencial consecutiva con resultados ajustados. El peor escenario. Ha sido, además, la elección de más baja intensidad que se recuerda, pese al alto número de partidos y candidatos. Pero esto no es fortuito: es consecuencia de quienes ostentaron el poder en el gobierno y en Congreso. Fueron incapaces de combinar oposición con colaboración, y prefirieron la obstrucción y el negociado.
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La ambivalencia dela candidatura de Keiko
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La segunda vuelta abre ahora una disputa por los votantes que no eligieron a ninguno de los dos. En poco tiempo tendrán que ampliar sus fronteras políticas y emocionales. Keiko Fujimori cuenta con mayores recursoseconómicos, visibilidad y respaldo mediático. Roberto Sánchez tiene la ventaja de conectar con un sentimiento de exclusión y rechazo al establishment. Ambos llegan con fortalezas y también con pasivos difíciles de ocultar. El resultado, por eso mismo, sigue abierto.
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Roberto Sánchez es, ante todo, una paradoja. Políticamente, casi no existe fuera de Pedro Castillo; electoralmente, acaba de convertirse en el hombre que acompaña a Keiko Fujimori en una segunda vuelta. No hay parentesco, partido ni trayectoria común que los una. Hay algo más eficaz: la apropiación simbólica. Sánchez entendió que el sombrero no era un accesorio, sino una contraseña.
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Keiko Fujimori deberá convencer a, por lo menos, la mitad de ese 70% de peruanos que no votaron por ella ni por Roberto Sánchez para ganar unas elecciones que le han sido esquivasen tres ocasiones. Su perseverancia -cuarta postulación presidencial- configura un caso singular: una trayectoria sostenida en la búsqueda del poder.
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Cuando en los dos últimos años el Congreso aprobó una serie de modificaciones a la legislación electoral, lo hizo sin medir sus efectos. No era la primera vez. Pero en esta ocasión, lo que se soltó fue una verdadera guillotina. Y no solo para los partidos tradicionales, sino también para aquellos que buscan reemplazarlos.
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La fragmentación de la oferta electoral es hoy altísima, pero eso no significa que el próximo Parlamento vaya a reproducirla. Podría ocurrir lo contrario: de las más de treinta listas que hoy compiten por Diputados y Senadores, solo unas pocas terminarían con representación. La razón es la vallao umbral electoral.
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Hay una narrativa particularmente corrosiva para una democracia: aquella que no presenta pruebas, no contrasta hechos y no discute reglas, sino que instala de antemano la idea de que, si un resultado no favorece a determinado candidato, entonces solo puede explicarse por fraude. No es una duda legítima ni una vigilancia razonable del proceso. Es una estrategia política: sembrar sospecha antes de la votación para desconocer después un resultado adverso. Esto están haciendo los candidatos que encabezan la intención de voto.
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Los indecisos no deben ser vistos como desinformados oindiferentes. No expresan apatía, sino cautela. Pueden, una vez más, cambiarlo todo. Y se llama Perú.
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La presentación del gabinete Miralles no es solo una prueba para el gobierno de Balcázar. Es también el cierre de un mecanismo. Con el próximo Congreso bicameral desaparecerá el voto obligatorio de investidura. El gabineteseguirá presentándose ante el Parlamento, pero sin consecuencias políticas directas. El cambio no es necesariamente negativo. El problema es que llega sinun rediseño claro del equilibrio entre poderes.
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Los candidatos tienen que serlocomotoras que jalen a sus vagones. Y la información de elecciones anterioresindica que los partidos nuevos, o aquellos que despegan en el último tramo, sonprecisamente los que menos arrastre legislativo suelen tener. Ese es, quizá, elmayor reto que deben superar. De no hacerlo, sus eventuales triunfos podríanterminar siendo pírricos.
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Es urgente que el Congreso reforme este artículo y reduzca la edad mínima a 35 años, un requisito razonable y consistente con estándares comparados. Así se evitaría que el Perú sostenga un vergonzoso récord mundial y, a la vez, se eliminaría la excepción que hoy favorece a los políticos en ejercicio. Por lo demás, no tendremos un “Senado romano” con Marco Tulio o Julio César -que ingresaron con menos de 35 años- sino uno con algunos congresistas que candidatean por la reelección.
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Desde hace una década, en la que han desfilado tantos presidentes -la mayoría improvisados-, los partidos mayoritarios de estos años han hecho añicoslas instituciones, han vaciado de poder al Ejecutivo, han concentrado y abusado del poder en beneficio no solo partidario, sino de mafias cada vez más organizadas. Todo esto ha producido un descrédito y hartazgo de la ciudadaníahacia la política y sus instituciones, que tardará mucho en revertirse. Por eso, Balcázar es lo más representativo de este Congreso.
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Si sale o se queda José Jerí, ha dejado de ser importante para la gente: uno más. Se cambiará de gobierno, de presidente, pero si no se cambia la composición parlamentariadifícilmente cambiará algo. Sí, las elecciones son una oportunidad; también se pierden. Y, en el Perú, ya ha ocurrido muchas veces.Principio del formulario
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Quienes ahora claman que desaparezca este tipo de financiamiento lo hacen por demagogia o ignorancia, pues tendrían que cambiar la Constitución, y por ley no se pueden modificar las normas electorales un año antes. En elhipotético caso negado que eso sucediera, los beneficiados serían los partidos que tienen recursos. Hay que ajustar la ley y el reglamento, pero los partidos y políticos que votaron por esta norma deben defenderla y no hacerse de costado ni responsabilizar a terceros.
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Si este Congreso hubiera legislado con conocimiento, diligencia y midiendo los efectos sobre la campaña y la votación, hoy tendríamos una cédula con solo tres columnas para marcar símbolos y con no más de una docena de partidos: la cédula más pequeña de este siglo. Es que la mentira tiene patas cortas, pero la cédula es larga.
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¿Puede entonces ganar un outsider en 2026? Es posible, pero no automático. No basta con ser ajeno a la política o poco conocido. Para pasar de outsider a outsider ganador se requierealgo más: aparecer como una alternativa creíble y atractiva frente a los candidatos vinculados a los partidos y élites que han gobernado en los últimos años, y contar con una red mínima de apoyo social. Sin esas condiciones, el outsider seguirá siendo solo un sueño recurrente, no una opción real de triunfo.
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En suma, Lima ya no define la presidencia, pero sigue siendo decisiva para el control del Congreso. Y esa paradoja, sin duda, marcará la elección que viene.
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